Brugarol: una bodega de novela



Cerca de Palamós, en la ladera sur del macizo de Les Gavarres se encuentran los viñedos, bodega personal y casas -en plural- del difunto Curt Engelhorn. CE, que es como se le conocía, era bisnieto del fundador de la BASF, hijo de madre americana y padre muniqués al que negó toda admiración.

CE creció en un ambiente de alta burguesía de Munich, entre tías y una “terriblemente amable familia” como la describe la periodista Sibylle Zehle en su apasionante e intrigante reportaje de siete capítulos.

Tras el fracaso matrimonial entre su madre americana y su padre germano, fue educado en EEUU y no volvería a su tierra natal hasta después de casarse. Llamado a incorporarse a Boehringer Mannheim, empresa de la que heredó el 30% por lazos familiares, pronto se convertiría en un exitoso imperio multinacional.

CE era el número 188 de la lista de Forbes, con 5 hijos de tres matrimonios disueltos por diversos motivos, varios fracasos matrimoniales incluidos. Murió acompañado de su cuarta y última esposa, la empresaria y filántropa Heidemarie, residente en Gstaad y me imagino heredera de buena parte de su inmensa fortuna. La venta de Boehringer Mannheim, con sede en las Bahamas, reportó a CE catorce mil millones de dólares libres de impuestos tras ceder a regañadientes su imperio a la familia Hoffmann-La Roche de Basilea.

La bodega Brugarol, motivo de este post, se puede visitar por escasos 15 Euros con cata incluida. Está soterrada en el viñedo al lado de la imponente masía. Proyectado por los mundialmente conocidos RCR Arquitectes, premio Pritzker 2017 -el nobel de la arquitectura-, se distingue por las características planchas de acero COR-TEN que tanto caracterizan algunas de las colosales obras del estudio de Olot. Por una casualidad de la vida nos cruzamos con Rafael Aranda, que andaba de visita con una pareja que podrían muy bien ser otros Engelhorn.

Aproveché para preguntarle sobre la vida útil de las planchas de hierro, procedentes del desguace de grandes cargueros en China, a lo que me contestó que ‘indefinidamente gracias a un proceso de impermeabilización natural’. Asombroso -le contesté-, aunque no podía dejar de pensar en el Omni Coliseum de Atlanta que nunca detuvo su oxidación hasta su demolición tras solo 25 años de haberse construido. Obviamente no era obra de ellos y, qué caray, las cosas no son para siempre.

Sea como fuere, cuando paseaba por la finca de Bell-Lloc había algo que me atrapaba, que me fascinaba y aterraba a la vez. CE era un tipo traumatizado desde su infancia por la separación de sus padres y la falta de amor paternal, intimidades que él mismo aireó en su biografía a los 80 años. Definitivamente tengo que conseguir un ejemplar de ese libro.

No visitar la bodega sería un desacierto por mi parte. Uno no pisa todos los días la propiedad privada de un top 200 de Forbes. Pero, me doy cuenta que la felicidad no está en lo material. Y si he despertado tu curiosidad, compruébalo tú mismo sentándote solo en la sala de presentación al final de la bodega. Escucharás el silencio. Sentirás el peso de la soledad.

Pero, sin duda alguna, hazles una visita. Incluso mejor, hospédate en una de las casas si tu bolsillo lo soporta, déjate mimar por la cocina y el inmejorable servicio. Presta atención, observa y déjate llevar por las emociones, y podrás volver a tu vida real totalmente reconfortado.

Heidemarie lo resumía así: el dinero solo te hace libre en las novelas.

Bell Lloc – camí a Bell Lloc s/n (Palamós, Girona) – +34 972 316 203

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